Hacia tanto que había sentido ese último latido, una última
lagrima derramada. Los dioses me habían castigado, no solo a la mortalidad,
juro que no me molesta tanto, como lo otro, por osar mirar a aquel que estaba
prohibido, por intentar probar ese fruto negado, fui condenada.
Podía tener los hombres que hubiera deseado, cualquiera
de ellos, bastaba una mirada, una sonrisa y eran míos, pero cometí el error de
mirar a ese que no me deseaba, lo busque, lo acose, me mostré en todas las
formas posibles hasta que finalmente lo conseguí, mientras estaba en mis
brazos, podía mantenerlo feliz, sonriente, embriagarlo con el sabor de mi piel,
y yo sentía, mi corazón era feliz, mi piel se entregaba sumisa, mis deseos
arrasaban con mi razón, nublando todo pensamiento racional, Dios… como sentía.
Pero al dejarlo solo, cuando salía del sopor de ese amor
frenético e impulsivo, él comenzaba a pensar, se sumía en la desesperación, en
la culpa. Podía observarlo, trataba de comprender sus palabras, pero
francamente no lo entendía, ¿no era una contradicción acaso, que me dijera que
no quería nada y se perdiera en mí? Lo observaba sonriente, es mas confieso que
sus contradicciones me divertían, me parecían tiernas y sin embargo, fui
castigada, condenada al peor de los castigos, sé que siempre creemos que nuestro castigo es el peor, sin embargo,
se me condenó a no sentir, mi corazón ya no late al estar frente a un hombre,
mariposas no anidan en mi vientre, y las lagrimas que disfrazo de sentimientos
no son mas que la frustración de no poder sentir, lo comprendí cuando era
tarde, sí era verdadero mi amor, debí haberlo dejado tranquilo y feliz.
Ahora castigada, hundida en esta desesperación de no sentir,
en esa búsqueda frenética de alguna sensación miro con ternura intentando aparentar, disimular el hecho de
que no siento, para que crean que soy como ellos, que me crean mortal, he visto
lo que le hacen a los diferentes, pero sí me preguntan, pienso que habemos
muchos como yo, los insensibles, incapaces de dar ese latido amoroso, tal vez,
en algún momento me atreva a preguntar a otro si también fue condenado.
Quizás no pueda sentir de amor verdad, quizás los dioses me
han negado ese regalo, pero quizás pueda sentir, aunque sea mínimamente su
presencia. Quizás si lo sigo intentando pueda volver a sentir su calor. Quizás
con pararse ocasionalmente ante su presencia sea suficiente.
Quizás, palabra aprendida de él, siga azotándome contra las
rocas, dejándome arrastras por el vaivén de las olas, hasta que esto lata otra
vez.
No hay comentarios:
Publicar un comentario